Hoy volví para hablar de la poca sinceridad de la gente. No quiero hablar de la hipocresía, porque estoy de buen humor; si hablo de la hipocresía me enojo y escribo en malos términos. Así que mejor vamos a llamarla "poca sinceridad". Aclaro que no solo se trata de poca sinceridad para con los demás, sino también de la poca sinceridad para con uno mismo.
A todos nos encanta hablar, pero a pocos nos gusta también hacer. Creo que por esta razón, que vamos a resumir en "no quedarse en el discurso", estudio Trabajo Social, porque me agobia la idea de quedarme sentada, por más que esté bien formada teóricamente... con teoría sin articulación con la práctica, no hacemos NADA.
¿A qué quiero llegar con esto? vamos a poner un ejemplo: a todo el mundo le parte el corazón ver perritos y gatitos en la calle pero... ¿quién hace algo con eso? pocas personas... dejemos de lado a los veterinarios que hacen lo que pueden en sus consultorios (algunos, no todos, por supuesto), de las demás personas, todos sienten lástima, todos se quejan, todos coinciden en que esos animales deberían tener un hogar, pero realmente ¿hacen algo para encontrarles un hogar? NO, NADA. Por eso me refiero a la "poca sinceridad", por esa máscara discursiva que usan las personas. Una máscara que muy rara vez dejan caer, rara vez admiten que no hacen nada para articular su discurso con la práctica.
Exactamente lo mismo suele pasar con respecto a la pobreza, sobre todo cuando hablamos de la clase alta y la oligarquía (aunque también de la izquierda argentina): suelen hablar muy en serio cuando se trata de criticar la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, ¿por qué? porque ven un infante, por ejemplo, que en lugar de estar en la escuela, está pidiendo monedas en la calle. Todos estamos de acuerdo en que ese infante debería estar en la escuela, o en su hogar, recibiendo amor, y no pidiendo monedas, pero ¿cuál es el problema? que la clase alta suele no hacer absolutamente nada para impedir esa injusticia. De hecho, esa injusticia sucede por culpa de esa clase alta. En el sistema capitalista, no hay ricos si no hay pobres. Es muy fácil quejarse, pero todos se quejan más cuando les cobran impuestos más altos para poder cubrir los subsidios. Entonces, a ver si comenzamos a sacarnos un poquito las caretas... nadie puede estar de acuerdo con las injusticias que recorren el mundo, pero si hemos de abrir la boca, tengamos el suficiente orgullo como para levantarnos de la silla en la que estamos, y dejar de mirar un poco el monitor de nuestra computadora. Esas injusticias puede repararse con la ayuda de las personas. Esos perros y gatos en la calle pueden encontrar un hogar si nosotros los ayudamos. Esos infantes pueden ir a la escuela, o a la casa a recibir amor, si nosotros los ayudamos.
Otra situación que suele desbordar mi ira se da cuando viajo en micro. Se me revuelven las tripas al ver como sube una mujer anciana o una madre con niños, y la gran mayoría de las personas voltea la cabeza y simula estar mirando por la ventana. Me enoja a tal punto que suelo ponerme a gritar "¡asiento para la señora, por favor!". Pocas veces mis gritos terminan con resultados esperados. Los que más me enojan son los que se sientan en los asientos "reservados para discapacitados". Está bien si te sentás cuando no hay nadie parado con prioridad, pero las personas que se quedan sentadas viendo como la persona discapacitada va parada... sacan lo peor de mí. Me gustaría escuchar cuántas de esas personas se jactan de ser personas amables y solidarias.
Cambiar el mundo empieza con nuestro ejemplo, y no con nuestro discurso.
RS

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